Nos llegan noticias, de que tribus vírgenes de la selva amazónica y de otros puntos del planeta, mantienen una vinculación tal con la naturaleza que les permite predecir sus peligros y sus bondades. Se debe, según los datos, a que conocen el lenguaje de las aves y de otros animales. Al reconocerlo reciben por este medio las señales de la Madre Naturaleza.
La naturaleza es un gran libro abierto, con el tiempo, el ser humano ha ido descubriéndola, proveyéndose de ella sus necesidades básicas: Hábitat, vestido, alimentación, medicina. Sin embargo, en algún momento se perdió la perspectiva y llenos de soberbia empezamos un proceso indetenible de destrucción, sin medir las consecuencias.
Las estadísticas están ahí, los números fríos hablan de un peligro inminente, si no actuamos rápido, si no procuramos detener con voluntad férrea el despilfarro. Si no nos ponemos de acuerdo en cuanto a las acciones que permitan detener el proceso degenerativo del medio ambiente.
La propuesta entonces, a partir de lo planteado en el primer párrafo debe venir de la generación de una conciencia, sobre la necesidad de reencontrarnos con la naturaleza. De volver a sentirla como las tribus vírgenes, tomando de ella lo necesario sin alterarla, conviviendo en ella y con ella sin destruirla, con la certeza de que cada árbol, cada hoja de hierba, cada cerro empinado es nuestro primo lejano a quien debemos respeto.
El principio de propiedad aun sigue alimentando la codicia de los más poderosos, sin embargo, es buen momento para replantearnos como colectivo un proyecto de resistencia que nos conduzca a la preservación del medio ambiente, sin aspaviento, sin ánimo de convertirnos en héroes, solo inspirados en aquellos seres primitivos que han aprendido a vivir en armonía con la naturaleza
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